Jueves, 08 de marzo de 2018

EL DOCUMENTO DEL MES

ANTONIA RAMÍREZ LUQUE, LA SUPERBISABUELA DE CASTIL DE CAMPOS

Máximo Ruiz-Burruecos Sánchez

      Insertamos a continuación un artículo publicado el 14 de marzo de 1936 por Jaime Gómez Cruz en “Estampa”, revista cultural, gráfica, y literaria, de la actualidad española y mundial, que se editó en Madrid de 1928 a 1938, en el que se da cuenta de la edad de Antonia Ramírez Luque, la campeña más longeva de la que tenemos noticias. Aunque no sepamos exactamente la edad a la que murió, sí sabemos que a pocos meses de estallar la Guerra Civil contaba ya con ciento siete años.

CIENTO SIETE AÑOS TIENE ESTA VIEJECITA…

…Come embutidos, bebe vino y café, pero el agua le sienta mal.

 

-¿De modo que se casó usted…?

-El año 1858.

-¿Y tenía usted entonces…?

-Treinta años.

-Luego tiene usted en la actualidad ciento siete.

-Si la cuenta está bien echada, así será, porque yo recuerdo bien que fue ese año que me casé y que tenía entonces treinta años. Lo recuerdo con esa seguridad porque se daba el caso de que mi novio, que tenía sesenta, me doblaba la edad.

            La viejecita Antonia Ramírez Luque, que nos está dando estos datos tan precisos de su vida, se muestra dispuesta a vivir otros cien años. En el pueblo jiennense de Torredonjimeno, donde habita con su familia, hace la vida plácida de los pueblos, y cuando se la encuentra, como yo la he encontrado, rodeada de sus familiares, no se sabe si la más vieja es ella o su hija mayor, que cuenta ya setenta y siete años. Hace calceta, reza, cotillea un poco de los tiempos viejos y de las cosas nuevas, llevando el pesado lastre de sus años con una entereza de cuerpo y espíritu realmente admirables.

-¿Dónde nació usted, señora Antonia?

-En Castil del Campo, pueblo de la provincia de Córdoba. A Torredonjimeno vine cuando tenía veinte años.

Una de las nietas interviene para hacer una aclaración

-Se vino a Torredonjimeno a vivir con una tía suya, para librarse de los asedios de un mozo al que ella no quería.

La viejecita asiente a lo que dice su nieta, y son ya los familiares los que me van dando noticias de la vida de la abuelita para que ella no se canse.

A los treinta años, como ya hemos dicho, se casó Antonia con un labrador acomodado de Torredonjemino, que tenía sesenta… y que murió siete años más tarde. Le dejó dos hijos: Ana, la que hoy tiene setenta y siete años, y un varón, fallecido no hace mucho.

-¿La dejó a usted su marido, al fallecer, en situación desahogada?

-Podía haberme dejado bien, pero me quedé en la calle. Había prestado su firma a un amigo, que se la pidió para obtener un préstamo. Como el amigo no cumplió, su compromiso, nos embargaron todos los bienes, y mi marido, que era honrado y bueno, se murió del disgusto. Al quedarme sola tuve que ponerme a trabajar y entré al servicio de un cura, Don Francisco Serrano, un santo varón, que era queridísimo y respetado en Torredonjimeno.

            La señora Antonia conserva, a pesar de su edad, una memoria envidiable. Recuerda infinidad de cosas, vulgares la mayor parte, de la vida sencilla de una mujer de pueblo consagrada al servicio doméstico de un cura de aldea.

-¿No conoció usted algún personaje importante de aquella época?

-Conocía al general Novaliches. Precisamente vino a pasar la noche en casa del cura, al que yo servía, cuando se retiró herido después de la derrota de Alcolea. No le puedo contar gran cosa de él, porque le vi muy poco. Recuerdo que entre los que con él venían había un general muy serio, muy serio, que solo tenía palabras amables para un mastín, al que cuidaba con verdadero mimo. No comía el general si antes no se le preparaba la comida a su perro en un plato bien limpio. Ni se acostaba sin haber hecho antes una mullida cama para el mastín, que dormía cerca de él.

-No crea usted que por ser tan vieja le asustan los inventos modernos. Le gusta mucho la radio y ha dado algún paseo en automóvil. Cuando las elecciones de hace dos años, la llevamos en auto a votar. ¡Y bien contenta que iba! Como que al entregar la papeleta le hizo un chiste al presidente: ¡Éste voto lo debían contar ustedes por dos!- le dijo. Y todos los de la mesa se echaron a reír del buen humor de la abuela.

-¿Y qué ha hecho usted para vivir tantos años?

-Pues no lo sé. Puede ser que se lo deba a la fuerte dentadura que he conservado siempre, porque yo nunca me he privado de nada. Ni me privo todavía. Lo mismo como embutidos que legumbres o pescado. Y tomo vino en las comidas. Una sola cosa no me sienta bien, y es el agua. No crea usted que es broma. En cambio bebo bastante café, muy azucarado, fuera de las comidas. En el año 90, tuve que hacerme una operación; pero fuera de eso, jamás he estado enferma.

Y aquí tienes, lector, para que la imites si, puedes, el caso extraordinario de longevidad de esta viejecita andaluza que, a los ciento y siete años, conserva claras sus facultades intelectuales; tiene una memoria privilegiada, finísimo el oído y se sienta a la mesa con el apetito de los veinte años.

En siete años de matrimonio dio al mundo dos hijos, que se le han multiplicado en nueve nietos y diez y seis bisnietos.

 

Fotos: G. Casanova                                                               JAIME GÓMEZ CRUZ

 

 


Publicado por castilcampos @ 7:40
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